jueves, diciembre 17, 2015

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No aspiro a hacerlo bien. No pretendo llamar la atención de nadie. Reclamar la atención de nadie. No quiero demostrar nada. No busco aprobación. No quiero complacencia.

Me gustaría que al final no estuviera muy mal hecho. Espero y confío en que alguien pose su atención. Al final es probable que alguno entienda algo. No busco aprobación, no quiero complacencia.

Si en muchos momentos de mi vida la contradicción, esa que me es intrínseca, me ha supuesto varios quebraderos de cabeza, hoy la asumo como parte de lo que soy. Y en ese contexto, los quebraderos de cabeza se hacen mucho más llevaderos. Digamos que uno aprende a amar el dedo más feo de su pie, porque es suyo y al final ¿Qué es sino percepción aquello que es feo?

Esa contradicción me ha llevado a vivir amores que eran imposibles, a estar en situaciones en las que el alma se ensancha desde la más absoluta de las desdichas hasta la alegría más desorbitada.

Cómo todo adolescente que se precie de serlo jugueteé con la muerte. Quizá esa soberbia que me caracterizaba tuvo algo que ver en tardar tanto tiempo en buscar ayuda más allá de mis propias narices. Fue entonces cuándo decidí que iba a vivir. Han pasado más de 7 años y no parece que haya avanzado todo lo que quisiera. He avanzado mucho, sí, pero quiero más; mucho más.
Descubrí que sigo siendo ambicioso, quizá ya no quiera un coche, ni una casa con piscina, ni un trabajo especialmente bien remunerado; pero sí que quiero emoción, sí que quiero vivir en toda la extensión que le concede mi imaginación a esa palabra. Respetar la vida por encima de todo porque en realidad es lo único que uno puede poseer. No puedes poseer ni una triste patata hasta que no te la comes.
Así es como lo siento yo y mi sentir no es gratuito.

Uno podría discutir conmigo -y de hecho lo hace constantemente- para darme mil argumentos perfectamente válidos para decir que se puede poseer la patata, que se puede valorar la vida de otra forma, que se puede sentir de otras maneras emociones tan o más intensas. Pero todos esos argumentos se caen cuando en mi fuero interior no hay argumentos, hay emociones, hay sentimientos. Y esto no es una oda a lo irracional, que alguien tenga argumentos a favor y otro en contra sólo implica que lo válido es la contradicción, es la negación de lo absoluta verdad. Por lo menos en el voluble mundo de lo humano.
La razón me puede servir para seguir con vida, para decidir en un momento adecuado cuando apagar el fuego que calienta la cafetera para ahorrar energía. Es una herramienta imprescindible, que debe estar supeditada al amor siempre y en todo lugar.

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