lunes, diciembre 21, 2015

Una cosa curiosa

Y me ocurre una cosa curiosa.
Puedo estar en una situación que me incomoda. Levantarme por la mañana y sentir que no tiene mucho sentido estar despierto; dormir y dormir hasta que me duele la vida y no tener más remedio que salir de la cama.

Total, porque el perro tiene que salir y uno puede no tener razones para levantarse, pero la vejiga de un perro no entiende nada de eso.
Mi perro vino aunque yo no lo quisiera. Lo tuve que adoptar porque quien decidió tenerlo es un irresponsable y no se hizo cargo de él, ni de mi.

La cosa curiosa que me ocurre es que no puedo mantenerme mucho tiempo en un estado inapetente. Cuándo me quiero dar cuenta estoy metiendo los dedos en las costillas de alguien para hacerle cosquillas profundas.

 Me gustan ese tipo de cosquillas porque suponen risa e incomodidad. Me gusta cuando dos contrarios se juntan y bailan porque me reafirman en la idea de que los contrarios en realidad no son contrarios, son conceptos que contraponemos para quedarnos tranquilos. Y eso ocurre acá, entre dos desconocidos territorios; occidente. Y allá, del otro lado, pueden o no estar otras ideas. Porque nuestro prisma; mi prisma, el que tuve o todavía tengo, es occidente. Entiendo entonces que si no quema está frío; pero todos, acá y allá, sabemos que eso no es, en parte o absolutamente, cierto.

Y es curioso porque mi naturaleza, a falta de grandes dramas en la vida, me impide mantenerme consciente de mi propia fragilidad emocional. Cómo a quien le regalan unos preciosos ojos azules o un metro setenta - ¡Quién lo tuviera! - a mi me tocó ese delicioso vaivén que me permite probar de muchas mieles.

No hay comentarios: